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MUERTE EN LA MINA

Abr 27, 2016, Editorial/ EL PAIS/Un derrumbe en un socavón de Mina Argentina cobró el pasado viernes la vida de tres mineros de la Cooperativa El Nevado, entre ellos dos hermanos, y dejó en la orfandad a esposas e hijos pequeños, en un nuevo accidente que desvela las precarias condiciones en las cuales los obreros del subsuelo desarrollan sus actividades diarias.

De acuerdo con reportes de prensa, el accidente ocurrió por la presunta mala manipulación de explosivos por parte de las víctimas, lo que provocó un alud que los sepultó en el nivel 133 de ese yacimiento.

 “Ha sido un derrumbe dentro de interior mina, un planchón se ha soltado. No hay atrapados, simplemente los fallecidos. Ha sido en un paraje de los cuatro hermanos”, declaró el viceministro de Cooperativas Mineras, José Luís Chorolque Chiri.

Las tres víctimas del accidente fueron identificadas como Prudencio Condori Villca (de 36 años de edad), Edwin Mamani Flores (35) y Ever Condori Villca (29 años), cuyos restos fueron sepultados este domingo en el cementerio de Quime, distante a casi dos horas de viaje desde Mina Argentina, yacimiento del grupo Cooperativo Minero Central Caracoles.

Hasta la relocalización minera de 1986, Mina Argentina era una de las tres secciones de la Empresa Minera Caracoles (Comibol) que también administraba Pacuni y Molinos, éste último albergaba entonces al ingenio donde se procesaba primariamente el estaño que los mineros arrancaban de sus parajes.

Según el libro publicado en 2009, “El rostro minero de Bolivia”, de Arturo Crespo, de 30.174 mineros que hasta el 31 de agosto de 1985 laboraban en las minas de la Comibol, 24.755 fueron retirados bajo el eufemismo de la relocalización.

Los trabajadores despedidos tomaron diferentes caminos: unos se establecieron en las ciudades, otros retornaron al campo, emigraron al Chapare o firmaron contratos de arrendamiento para trabajar en las minas cerradas y accedieron a la infraestructura básica desarrollada por la estatal minera. Hoy existen cooperativas en casi todas las minas que en su día administró Comibol.

No obstante, si bajo la administración estatal el trabajo en los yacimientos mineros ya se encaraba con tecnología obsoleta, las condiciones laborales y de seguridad industrial se precarizaron mucho más en la mayoría de las cooperativas que nacieron y absolvieron luego la mano de obra de los mineros relocalizados.

La relocalización cambió completamente la estructura de la fuerza laboral en la minería nacional, incrementando paulatinamente el número de cooperativistas que mientras en 1985 era de 28.649, en 2010 había alcanzado a 65.890 trabajadores, según datos del Ministerio de Minería y Metalurgia. En el caso de la Cooperativa El Nevado, los reportes señalan que cuenta con alrededor de 350 socios.

Además, en muchos yacimientos que administran las cooperativas mineras, las políticas de seguridad industrial están lejos de cumplir con lo dispuesto por la Ley General de Seguridad Higiene Ocupacional y Bienestar.

Entre las principales falencias en los socavones se observa la falta de vías de escape, señalización, iluminación interna y sistemas de comunicación, sumado a los riesgos permanentes en las áreas de trabajo, lo que desnuda que la seguridad industrial en los parajes es precaria como para garantizar la vida y la integridad física de los trabajadores del subsuelo.

En ese contexto, la muerte de los tres cooperativistas no debería sólo engrosar el sombrío número de los mineros muertos en su lugar de trabajo, sino que las autoridades facultadas para ello están obligadas a investigar y esclarecer las circunstancias que provocaron el mortal accidente e identifiquen, sin lugar a ninguna duda, las responsabilidades que correspondan.

Ahora bien, ¿quién o quiénes se harán cargo de la manutención de la esposa y de los pequeños hijos de los mineros muertos? No basta que las autoridades se adhieran al dolor de los familiares, sino que es ineludible que gestionen una indemnización que al menos atenúe el inmenso dolor que la muerte sembró en los hogares de las víctimas.

Y mucho más si se toma en cuenta el testimonio del minero Grover Arias–citado por La Razón–, quien desveló que rescataron los cuerpos inertes de sus compañeros “con nuestras manos y uñas”, ya que no cuentan ni siquiera con guantes para trabajar.

Una dramática realidad que lacera la vida y desnuda un fatal accidente que con medidas de seguridad, acordes al peligroso trabajo de interior mina, bien pudo haber sido prevenido. ¿No les parece?

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