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Las 72 horas del golpe contra J. J. Torres

El expresidente relata los hechos previos al golpe de Estado del 21 de agosto de 1971. Foto: Presencia

Periódico Cambio 21/08/2018

Mario Bacarreza Araujo incluye en su libro Juan José Torres Gonzales, el general de los pobres, que será presentado hoy, el testimonio del expresidente sobre las horas decisivas del golpe de Estado del 21 de agosto de 1971, el cual transcribimos a continuación:

“El golpe fascista contra el gobierno popular y revolucionario que presidí desde el 7 de octubre de 1970, estuvo latente durante todo mi periodo presidencial. Sabía que las fuerzas de la reacción subvencionadas por el imperialismo intentarían derrocar a los revolucionarios bolivianos en todo momento.

Hoy puedo decir que los primeros indicios del golpe del 21 de agosto se manifestaron con la intensa campaña publicitaria propiciada por los diarios norteamericanos que informaban el estallido de guerrillas en el interior del país, con diversos actos de provocación, como los choques estudiantiles en Uyuni, la invasión de algunas propiedades privadas, los brotes de agitación en las ciudades de Santa Cruz y Cochabamba, el amotinamiento de la guarnición de Challapata, la desobediencia en el Comando de la Fuerza Aérea Boliviana y la publicación en el diario Opinión de la Argentina, que anunciaba la infiltración de mercenarios entrenados en algunos países limítrofes.

En la madrugada del 19 de agosto, los golpistas confirmaron la adhesión de las unidades militares acantonadas en Santa Cruz, donde se asentaba el cuartel general de la subversión, convocado a una manifestación para las 15 horas e impartiendo órdenes para que, simultáneamente, se amotinaran las guarniciones del interior que se encontraban comprometidas.

Considero necesario aclarar que ese departamento posee la totalidad de la reserva gasífera boliviana y el 80 por ciento de los pozos petrolíferos probados, lo que al presente representa todo el caudal de crudo exportable. Controla, también con una ganadería en pleno proceso de desarrollo, factores que determinan que el producto bruto de esta zona sea el más elevado de la nación y que los industriales, comerciantes y terratenientes cruceños constituyan la oligarquía más fuerte y más reaccionaria de la República y la que creía correr mayor riesgo con la política del gobierno revolucionario. De esta manera fue Santa Cruz el centro natural de conspiración.

La momentánea menor circulación del capital en la región, a consecuencia de algunas medidas revolucionarias como la nacionalización de la Gulf y la decisión de estatizar la industria del azúcar que, debido al juego de intereses de sus propietarios, amenazaba entrar en bancarrota, así como la protección que se brindó a los pequeños productores de caña y algodón restó simpatías a mi gobierno, inclusive en las capas populares poco politizadas, preparando el caldo de cultivo necesario para fomentar el golpe fascista.

A esto es preciso añadir las provocaciones de orden político que preparó la reacción, ultrajando el sentimiento cívico del pueblo oriental, acusándolo de secesionista. Táctica que además pretendía repetir en el departamento de Tarija.

Sin embargo, a las seis de la mañana del mismo día 19, se amotinó prematuramente el Colegio Militar de Irpavi, adelantándose a los planes trazados por los fascistas, movimiento que fue develado a los pocos minutos de su eclosión.

En la tarde, aprovechando los desórdenes callejeros provocados por grupos reaccionarios, estalla en Santa Cruz la subversión franca y abierta contra mi gobierno. En las últimas horas de la noche los rebeldes controlaban esta ciudad con excepción del aeropuerto -Camiri, Roboré, Riberalta, Tarija y Cochabamba.

El día 20 de agosto, a las ocho de la mañana, se convocó a reunión permanente del Consejo de Ministros y la preocupación esencial fue mantener por todos los medios la fidelidad de las unidades militares acantonadas en La Paz.

A las 10 de la mañana fui informado por el Comandante General del Ejército, general del Ejército, general Luis Reque Terán, que la Base Aérea y el Colegio Militar de Aviación de Santa Cruz, por fuerte presión sediciosa, se sumaron al amanecer a las filas rebeldes. El Alto Mando Militar comunicó, asimismo, sus temores de que el regimiento Castrillo de La Paz pudiera plegarse a la subversión. Por otra parte, se sabía que la Fuerza Aérea, asentada en El Alto, mantenía permanentes reuniones del personal de oficiales de sus unidades y que su adhesión al gobierno podía calificarse de dudosa.

En estas circunstancias, fueron convocados los dirigentes de todas las organizaciones populares: la Central Obrera Boliviana, la Central Obrera Departamental de La Paz, la Confederación Universitaria Boliviana, la Asamblea del Pueblo, constituida por representantes de partidos políticos revolucionarios. Una de las decisiones de tal reunión fue llamar a una manifestación popular en apoyo de mi gobierno y del proceso revolucionario, acto que se realizó a las tres de la tarde. La manifestación tenía por objeto consolidar la unidad de las fuerzas populares, de mostrar a las Fuerzas Armadas el respaldo que tenía el gobierno y preparar la movilización del pueblo para frenar el golpe subversivo ya en marcha.

En la tarde, la situación en la capital parecía totalmente segura. Las unidades militares de las tres Fuerzas se pronunciaron enfáticamente a favor del gobierno y solicitaron el apoyo popular para asegurar la defensa de la revolución.

A las 15 horas se inició la marcha programada, que congregó ante los balcones del Palacio Quemado cerca de cien mil personas.

Concluida la manifestación, el Consejo de Ministros decretó la movilización de los reservistas de las categorías de 1969, 1968 y 1967.

Por otra parte, el general Emilio Molina Pizarra, ministro de Defensa Nacional, sostenía con énfasis que con la actuación leal de las guarniciones de La Paz y Viacha se comprometía a asegurar la victoria del gobierno revolucionario. Requirió asimismo que las organizaciones populares revolucionarias coadyuvaran firmemente con la acción de las Fuerzas Armadas y que el Gobierno con cautela característica, obtuviera actitudes amistosas de los dirigentes políticos laborales y universitarios hacia los oficiales, el alto mando, y en general, a favor de la institución. Aseguraba que se podía repetir la operación militar que llevó al fracaso la guerra civil de 1949, cuando todo el interior de la República se rebeló contra las autoridades nacionales.

Al anochecer, el Consejo de Ministros escuchó la información completa del Alto Mando Militar. El Ministro de Defensa Nacional invitó a los comandantes a exponer la situación en todo el país.

El Comandante General del Ejército expresó, en síntesis, lo siguiente: ‘El día anterior 19 de agosto, el regimiento Manchego, acantonado en Guabirá, 2 kilómetros al norte de Santa Cruz, comandado por el coronel Andrés Selich, había ocupado la capital oriental, depuesto a las autoridades del gobierno y controlado la ciudad’.

Seguidamente, el Comandante del Ejército confirmó que la guarnición de Cochabamba, en las últimas horas del día anterior, se había declarado neutral y no apoyaba al gobierno, por las amenazas de destruir las Fuerzas Armadas que habría recibido de grupos populares que tomaron la prefectura y la alcaldía de esa ciudad.

Prosiguiendo, el Comandante del Ejército informó que la guarnición de Oruro, replegada en sus cuarteles desde el amanecer de ese día, respaldaba la actitud de Cochabamba en una manifestación de ‘solidaridad militar y de defensa de la institución castrense’. Agregó que los Rangers de Oruro, acantonados en Challapata, habían avanzado sobre aquella ciudad, acuartelándose junto a los efectivos del regimiento Camacho.

Señaló, por otra parte, que el cuadro militar ‘era grave pero no desesperado’ y que asumía la responsabilidad de conjurar la situación porque tenía la certeza de que las guarniciones de La Paz, no obstante pequeñas demostraciones de debilidad, permanecían enteramente fieles al proceso revolucionario y a su Capitán General, el Presidente de la República.

El contralmirante Orlando Roca Castedo, invitado a exponer la situación de la Fuerza Naval, manifestó que los efectivos de su comando se encontraban sin novedad, totalmente fieles al gobierno revolucionario.

Cabe indicar que a la reunión del Alto Mando Militar no concurrió el general Antonio Arnez, comandante de la Fuerza Aérea. La aviación militar, en sus diversas unidades, permaneció todo el día viernes en prolongadas y sucesivas reuniones y conciliábulos que culminaron a las cuatro de la tarde con una manifestación de irrestricto y total apoyo al gobierno.

Después de analizar la situación, el Alto Mando se comprometió ante el gabinete ministerial a proceder a la inmediata retoma de Oruro para aislar a los rebeldes de Cochabamba y Santa Cruz y asegurar la defensa de La Paz. Al efecto se ordenó el apronte del regimiento motorizado Max Toledo, con sede en Viacha. Estas tropas debían marchar sobre Oruro a las tres de la mañana del día siguiente, sábado 21, programándose incursiones aéreas de hostigamiento a partir de las seis de la mañana. Los Comandantes de Fuerza solicitaron el apoyo de los trabajadores mineros y campesinos de la región para facilitar la acción de las tropas y el ataque de los rebeldes. La operación de ambas unidades debía ser comandada por el coronel Luis Quiroga Prada, del Regimiento Motorizado.

Al concluir la reunión con el Alto Mando, los dos Comandantes de Fuerza presentes reiteraron vehementemente su absoluta fidelidad al gobierno y su indeclinable decisión de reducir por la fuerza a los revoltosos.

Más tarde, yo, como Presidente de la República, y acompañado de mis ministros, me reuní nuevamente con los dirigentes de las organizaciones populares, partidos revolucionarios, asociaciones patrióticas y grupos cívicos que esperaban en el Salón de los Espejos del Palacio. Se hizo un resumen de la situación del país y pedí que todos los revolucionarios se mantuvieran en estado de emergencia, dispuestos a movilizarse en cualquier momento.

Era la segunda vez, desde el día anterior, que conseguía la unidad de las fuerzas populares y revolucionarias del país. Al borde de la catástrofe, los bolivianos abrían los ojos y comprendían, aunque tarde, que la victoria dependía de la cohesión y coordinación con todos los patriotas. Las fuerzas populares dispersas y desunidas acabaron por comprender que mi gobierno era su gobierno y que mi derrocamiento era también el suyo. Y porque en aquel instante miraba el futuro no pude menos que expresarles: ‘Teníamos que llegar al peligro de la derrota para estar juntos. ¡Qué pena que solo la adversidad haya podido unirnos! He dicho siempre que algunos de ustedes, por su incomprensión o su prisa, sólo pusieron piedras en mi camino, que viví recogiendo esas piedras y que de tanto agacharme podría caer y arrastrarlos conmigo’.

Y era así. Jamás se entendió cabalmente la lucha que sostenía el gobierno revolucionario. Pocos entrevieron los objetivos de la gran batalla que librábamos. Muchos estaban convencidos de que el imperialismo y la reacción interna estaban definitivamente vencidos. Casi nadie quería admitir nuestras debilidades, nuestros errores y nuestras falencias. Sólo en el instante de la gran prueba, sólo cuando los enemigos nacionales e internacionales del pueblo boliviano se quitaron la máscara, se me otorgó el poder y se me garantizó disciplina y sacrificio. Allí estaban los universitarios, valientes, generosos, idealistas, que en el pasado me acusaron de débil y vacilante, y sólo ahora me veían fuerte, decidido y capaz de defender a mi pueblo sin ninguna duda.

Allí estaban Lechín y otros dirigentes obreros que antes me dieron ‘apoyo incondicional’ y ahora comprendían que mi gobierno defendía al pueblo sin condiciones.

Allí también estaban los pocos que siempre creyeron y no desmayaron.

En ese momento, sellamos la solidaridad de todos los sectores revolucionarios. Olvidamos las desconfianzas, rechazamos los resentimientos, perdonamos las incomprensiones y fuimos adelante. De esta manera dejaba de preocuparme el éxito o la derrota momentáneos de la causa revolucionaria, porque veía la futura e invencible alianza de las fuerzas populares.

Terminada la reunión, decidí someter a prueba a todas las guarniciones de El Alto. Para ello me dirigí a ellas en visita de la inspección. Fui prácticamente solo; quería ofrecerles la oportunidad de que francamente me manifestaran su posición, sus dudas, sus rebeldías. Quería que me vieran desarmado, pero sin miedo. Tenía que llevarles el coraje y la decisión del pueblo contra cualquier deslealtad y contar todas las dudas. Recorrí las unidades de transportes aéreos militares, el Politécnico, el Grupo Aéreo de Caza, el Grupo Aéreo de Mantenimiento, el Regimiento Bolívar de Artillería, que se encontraba acuartelado en la Base Aérea y el Motomecanizado Tarapacá. En todas las unidades donde hablé largamente, sólo recibí demostraciones de lealtad y adhesión. Los comandantes, inclusive el general Arnez y el coronel Adriázola, ratificaron su fidelidad al proceso revolucionario.

Alentado, pero no seguro, retorné a Palacio alrededor de la medianoche. Los ministros permanecían en vela. Les relaté los resultados de la inspección. Les dije que esperaba que las unidades cumplieran su palabra, pero no confiaba totalmente. Les pedí que fueran a descansar. Sabía que el día decisivo sería el 21. Temía que, por el momento, no había nada que hacer”. (Continúa en la página 4)

“No hay sacrificio que no merezca el pueblo”

“En la mañana del 21, el cuadro era el siguiente: La Fuerza Aérea, esgrimiendo motivos inconsistentes, no realizó los vuelos de hostigamiento a Oruro. Los Regimientos Andino y Motorizado permanecían inactivos y vacilantes. Su comandante, el coronel Quiroga, había retornado a La Paz, abandonando a sus soldados en medio camino. Por otra parte, cuatro aviones de transporte militar habían fugado a Cochabamba, sin que nadie pudiera explicar lo sucedido.

Y lo que era peor, la Fuerza Aérea y el comando del Ejército habían convocado a reuniones de consulta. Se cumplían mis temores de la noche anterior. La traición no podía demorar más. A las 10:30, oficiales leales me comunicaron que el Regimiento Castrillo, que ocupaba el Gran Cuartel Miraflores, se había plegado a los rebeldes y que era seguro que la reunión del comando del Ejército concluiría por solicitar mi renuncia.

Inmediatamente, rodeado de todos mis ministros, llamé a la movilización popular para defender a la revolución y combatir a los rebeldes en La Paz. Ordené al Regimiento de Colorados de Bolivia, el único en el que podía confiar, que cercara el Gran Cuartel de Miraflores y estuviera en situación de apronte para atacar el Castrillo.

Comprendiendo que la última esperanza de vencer radicaba en mantener por lo menos neutrales y aisladas a todas las otras unidades militares de La Paz, esperé que el Regimiento Colorados triunfara sobre el Castrillo y decidiera la suerte del gobierno. Tenía la convicción de que el pueblo en armas, con las pocas que poseía y con las que proporcionó en la víspera, podría decidir la batalla apoyando a los Colorados y disuadiendo al resto del Ejército de entrar en combate.

Personalmente entré en contacto con el resto de las unidades: Bolívar, Tarapacá, TAM, GAC y Colegio Militar, que nuevamente reafirmaron su apoyo incondicional. Sin embargo, sutil, muy sutilmente, me dejaban entrever que no querían combatir ‘contra sus propios camaradas, que no querían disparar contra otros uniformados militares’. Estaba claro que ellos no querían ver que el Castrillo dispararía contra los Colorados. Era obvio que para ellos los Colorados, por estar al lado del pueblo, habían dejado de ser soldados.

A las 13:30, el general Reque Terán llegó al Palacio de Gobierno acompañado del coronel Demetrio Morales, del mayor Celso Torrelio, su ayudante General, del capitán Humberto Terrazas y del teniente Javier Guachalla, sus ayudantes de órdenes.

Ingresó al despacho presidencial con el coronel Morales y el mayor Torrelio. Junto a mi mesa de trabajo permanecieron el Ministro Secretario Mario Velarde Dorado y el Secretario Privado, Guido Vallentsits Estenssoro.

El ambiente era tenso. Sabía que Reque Terán venía a solicitar mi renuncia. Se aproximaban dos de mis edecanes. Al fondo, cerca de la puerta de entrada quedaron algunos ministros y oficiales fieles. El diálogo fue áspero y violento de mi parte. Ambiguo y tímido cuando hablaba Reque.

Manifesté mi decisión irrevocable de no renunciar, de defender a mi pueblo hasta las últimas consecuencias y despaché a Reque, que se comprometió a volver a mi lado para defenderme personalmente, como amigo y como leal camarada, después de cumplir la misión de evitar que el Colegio Militar abandonara su cuartel, (Reque por supuesto no volvió y al día siguiente, en el Gran Cuartel General, cosechaba una salva de aplausos a los traidores ‘por su brillante actuación’).

Durante la visita de Reque ingresó a mi despacho el mayor Rubén Sánchez, Comandante del 2do. Batallón del Regimiento Colorados de Bolivia, Escolta Presidencial. Se acercó y con voz pausada y firme dijo: ‘Mi general, están cumplidas sus órdenes. El Cuartel General está cercado. Solicito instrucciones’.

Mi respuesta: ‘Adelante, Rubén, que ataquen’.

Reque Terán se incorporó del asiento: ‘Por favor, no, mi general, le ruego que no’.

Yo reiteré: ‘Ya he dado la orden’. Y dirigiéndome al Comandante Sánchez: ‘Adelante, Rubén, que ataquen’.

Cuando salía Reque de mi despacho, algunos oficiales me pidieron su detención. Ordené que le franquearan el paso, porque quería defender el Colegio Militar neutralizándolo y porque para los judas bastan sus propias manos. Las armas de los leales no se ceban en los cobardes.

Enseguida llamé a la movilización popular con el siguiente mensaje:

‘Pueblo revolucionario de Bolivia: apoya a los obreros, universitarios, soldados y campesinos que combaten denodadamente contra el golpeflanjo-gorila-movimientista.

La victoria será más fácilmente nuestra si el pueblo participa activamente de las acciones.

La victoria revolucionaria está próxima y yo, como Presidente de los bolivianos, me siento orgulloso de la valentía y decisión de soldados revolucionarios, universitarios y trabajadores. Para ellos, en nombre de la patria, mi gratitud, adelante pueblo heroico, invencible e inmortal. ¡Viva Bolivia!’.

A partir de ese instante la lucha del pueblo contra las oligarquías y los intereses del imperialismo era inevitable.

Se realizaron las siguientes acciones: el ataque al Gran Cuartel General de Miraflores, el combate contra el cerro Laikakota, donde se encontraba parapetado un escuadrón del Regimiento Castrillo, la tentativa de ocupación del Ministerio de Defensa, que fuera tomado por los militares fascistas, la defensa de la Universidad y la resistencia del Ministerio del Interior. La lucha fue sangrienta. El pueblo revolucionario y los soldados leales, en inferioridad de condiciones, actuaban con heroísmo y sin desfallecimiento.

A las cuatro de la tarde el Regimiento Tarapacá y la Fuerza Aérea anunciaron su apoyo a los revoltosos.

En estas unidades, como en el Castrillo, los oficiales tuvieron que encerrar a los suboficiales y clases para consumar la traición. Algunos oficiales leales fueron expulsados de sus unidades y otros apresados.

Aún en esos momentos conversé con el comandante del Regimiento Tarapacá que, al mismo tiempo que informaba la defección de su anidad, se comprometió conmigo a retirar los rotores de los blindados para que éstos no pudieran atacar la ciudad de La Paz.

La lucha aumentaba en intensidad. A las 17:35 la Fuerza Aérea, con algunos Mustangs, atacó a los Colorados y a las fuerzas populares que luchaban en las calles y que, agotadas sus últimas municiones, se veían entre dos fuegos.

A las 18 horas los blindados del Tarapacá transponían La Ceja de El Alto y se dirigían al Palacio.

De nada servían ya los contingentes de obreros mineros que en esos momentos llegaban a la ciudad.

Los carros blindados atravesaron sin riesgos las líneas de resistencia popular, porque mentían anunciando que venían en defensa del Presidente.

Seguí comandando la resistencia. A las 20:30, ya seguro de la proximidad de los blindados, inspeccioné las posibilidades de defensa del Palacio. No había armamento apropiado.

A las 20:45, forzado por mis colaboradores y ante la inminencia del ataque de los motorizados que ya maniobraban en las proximidades de la plaza Murillo, opté por abandonar Palacio y dirigirme al Cuartel Sucre para continuar la marcha.

Al dejar Palacio grabé el siguiente mensaje:

‘Hasta el último momento he comandado la resistencia revolucionaria al golpe de los gorilas, en ejercicio de guardia pretoriana del imperialismo, han asesinado a nuestro pueblo en proceso de liberación.

Si muero, quiero que los ciudadanos de la patria sepan que el poder fue para mí sólo una agonía, una lucha permanente contra la incomprensión, contra la deshonestidad, por la construcción de una sociedad nueva más digna, más justa, más humana, donde cada boliviano no sufriera falta de techo, de pan, de vestido y de educación.

Si sigo viviendo, el pueblo debe saber que no abandonaré la causa de su independencia y de su libertad. Jamás descansaré mientras haya opresión y mientras la dependencia siga engrillando a nuestra patria. Jamás desmayaré mientras exista un boliviano que sufre o que es humillado. No hay sacrificio que no merezca el pueblo. No hay renunciamiento cuando se trata de intereses nacionales. Quiero agradecer al pueblo sacrificado y humilde que puso su sangre a disposición de mi gobierno en el día de la prueba, a los soldados patriotas que comprendieron que no hay divorcio posible entre la institución militar y las capas más explotadas de la sociedad boliviana. Quiero agradecer también a mis colaboradores que, hasta el último instante, permanecieron a mi lado en rara demostración de lealtad. Que todos ellos sepan que nada manchó mi trayectoria en el gobierno, que no mancillé mi honor de soldado y de ciudadano, y que nunca pacté con los entreguistas ni con los lacayos.

Ya no tengo tiempo. Habría tanta cosa para decirle al pueblo. Sólo le expreso que luché. La liberación total y magnífica para el país está próxima. Luchemos por ella. Hasta pronto’.

Para terminar, quiero repetir lo que dije en El Alto el 7 de octubre (1970):

‘No he derramado sangre, nadie lloró por culpa mía. Subí pobre y bajo pobre. Ascendí digno y desciendo con dignidad. Quiero que los bolivianos me reconozcan por esto.

A los hombres de mi institución que abandonaron al pueblo, debo decirles que es de ellos la responsabilidad de su dolor y frustración’.

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